Happy y un alma

He quedado con Paloma, pero es Happy la que me abre la puerta. Me recibe como si nos conociéramos desde siempre, con esa manera tan pura de querer que tienen los perros; juega conmigo me trae su pelota enana de tenis una y otra vez. Estamos en mayo, hay flores en el balcón y libros, muchos libros en las estanterías. Ahora se escribe mucho más, pero falta lo principal: el alma; aunque en esta casa sí que hay un alma, un espíritu de mujer fuerte que te invade, te empapa y cuenta. Nos falta verdad, fuerza, talento, estructuras, querer decir algo con las historias que contamos. Aprender toda la técnica para después olvidarla o recuperarla cuando pasen muchos años y necesitemos encontrar el sentido y objetivo de lo que escribimos. Tengo mucho que aprender; tengo que aprender eso de las estructuras. Probablemente me encierre con las obras completas de Ibsen todo un verano. 

Hoy hay mucha manga ancha en la dramaturgia, parece que todo vale y se puede poner en el teatro, pero faltan almas que quieran contar. Escribo sola, en mi estudio, y entro en unos planos que no son conscientes, que desconozco, son los planos de la creación. No tengo pudor. Cuando escribo en compañía hay muchas interferencias, se rompe el hilo con el otro plano. Ahora se escribe a cuatro, a seis manos, desde el escenario... nos cuesta encerramos solos con nuestros demonios, ¿nos dará miedo? Todo lo que sea experimentar en el teatro desde cualquier punto de vista es interesante, pero tiene que haber un alma, que luego se una a otras almas y que caminen de la mano. El teatro es maravilloso, es el arte común, el arte en que todos tienen que estar cantando en la misma clave pero con una sola alma. 

Happy no quita ojo del pasillo por el que aparecerá su dueña dentro de un rato. Siempre he pensado que uno no tiene una casa hasta que no tiene donde colocar los libros. Paloma tiene muchos. Vive en conversación con los difuntos, que decía Quevedo. Aunque ahora siento que la gente joven tiene poco afán de conocer a la gente mayor. Nos deberíamos dejar invadir por sus almas, ser cuerpos al servicio de su voz. El día que conocí a Ana Diosdado fue un momento inolvidable, como el día que conocí a Buero y a Rodríguez Méndez. Fueron mis maestros, por el simple hecho de escribir. Estar con ellos ya era un aprendizaje. Es triste esta desconexión entre mayores y jóvenes, y no es buena para el teatro, ni para la vida. Lo contemporáneo es el tiempo conjunto, lo que está pasando entre nosotros y todas las personas que hemos ido acumulando en nuestra vida. Somos la suma de toda la gente que hemos perdido, de los que no hemos conocido, de los que sí, de voces. Vivimos en una sociedad de formas y nos estamos olvidando del contenido, del alma. Nos hemos distraído de la esencia, cuando lo principal ya lo dijo Lope: dadme un par de actores, cuatro tablas y una pasión. Y sobre todo, el público. El teatro es espejo de la sociedad, pero debemos dar algo más. No podemos pegarle una bofetada al público y echarlo del teatro. Tiene que haber algo más; un espejo con un resquicio, por sucio que sea lo que refleja. El público lo es todo, al público hay que sentirlo desde donde se esté: desde el escenario, desde el patio de butacas o desde la cabina de luces. La respiración de los espectadores, su expresión, son una parte imprescindible de la experiencia teatral. Del público lo aprendemos todo, nos da respuestas inconscientemente. Hay que escuchar lo que no es la palabra. Me gusta sentarme en diferentes sitios del patio de butacas y escuchar, capto lo que no funciona y cambio. Cambio mucho; por eso el director tiene que estar siempre ahí, por eso el teatro está vivo. El teatro es riesgo, es verdad, tu verdad entregada con todo el amor del mundo. "Aquí os doy esto, haced lo que queráis". 

Happy no para de correr por la casa. Es una perrita que rebosa energía. Me acabo de dar cuenta de que todas en esta casa somos mujeres, en cuerpo y alma, con muchas formas. Afortunadamente no somos iguales, ni mujeres ni hombres, aunque haya puntos de vista. Es cierto que hay hombres y mujeres capaces de escribir desde el punto de vista del otro género, pero la realidad es que escribimos con nuestro cuerpo, nuestras hormonas, nuestro cerebro y cultura. Qué maravilla la diferencia. Lo que me pregunto es por qué en la literatura las experiencias de un señor en la mili son universales, por ejemplo, y las de una mujer que gesta, pare y cría no lo son. Supongo que es producto de este mundo en el que todavía mandan ellos. Yo no hago ni caso de estas cosas. No me gusta estar en antologías de mujeres, me gustan más las antologías mixtas, aunque estoy cansada de las historias escritas por hombres. Me interesa más lo que cuentan ellas, hay más misterio; las mujeres me están diciendo cosas nuevas. Puedes hacer lo que quieras si eres auténtica. Lo que no tiene ningún valor es lo que se hace por hacer, por estar, por el ego. Me abruma y aburre. Creo que hay que trabajar desde el humor y el amor, cuando actúas con ira y rabia la respuesta es muy negativa; tratarnos con cariño, respeto y confianza. Confiar en los actores, son lo fundamental. Probar, equivocarse, arriesgarse, hacer lo que nos dé la gana pero no quedarnos en lo superficial nunca. En el arte siempre hay que bajar a la sima más profunda. La historia es muy cíclica; estamos en un momento en el que no hay que cejar. Nos impulsamos y deshinchamos y lo que tenemos que hacer es seguir ese impulso. Crear.

Happy está inquieta, alerta. Ha parado de jugar y mira fijamente por el pasillo. Mueve el rabo. Paloma viene, o ha estado aquí desde el principio. Es imposible no dejarse invadir por su espíritu, ella sí que tiene alma y mucho que contar. Me habría encantado conocer a Buero y a Ana Diosdado; conozco a Paloma y gracias a ella también a ellos dos. Porque somos un compuesto de voces y personas, de lecturas y vivencias, pero hacemos teatro por eso respiramos con una sola alma.


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